capítulo Llamado
Hondureñas y hondureños:
Honduras es rica en gente honesta, capaz e inspiradora. Está en las clínicas, en las aulas, en los talleres, en los campos, y repartida por el mundo entero. A las y los mejores de este país, dentro y fuera de él, les compartimos estas ideas.
Y les pedimos algo antes que nada: imaginen. Todo lo que existe fue imaginado primero. Ninguna escuela, ningún puente, ninguna ley empezó siendo otra cosa que una imagen en la cabeza de alguien que se atrevió a describirla en voz alta.
Entonces imaginemos. Niños y niñas que no duermen en la calle, ejércitos de paz, ríos limpios y agua abundante para todos.
Para quienes puedan imaginarlo, estas ideas serán como una semilla. La decisión de hacerlas realidad necesitará gobiernos sucesivos que las rieguen y ciudadanos que cuiden su crecimiento.
Notarán que esta carta no lleva nombre. Es a propósito. No importa quién escribió esto: importa quiénes tienen imaginación suficiente y valor para vivirlas.
capítulo Números
Honduras gasta L 15,300 millones al año en sus fuerzas armadas. Es el presupuesto militar más grande de Centroamérica, en uno de los países más pobres, y ha crecido un 140% desde 2014, mientras la pobreza apenas se movió. Al mismo tiempo, entre 18,000 y 20,000 niñas y niños apenas sobreviven en nuestras calles, y la institución del Estado responsable de protegerlos opera con unos L 366 millones al año. Cuarenta veces más para las armas que para la niñez. Es decir: por cada niño en situación de calle, el presupuesto militar equivale a L 765,000 al año, varias veces lo que costaría darle a cada uno asistencia social, salud, un hogar, una escuela.
La Presidencia administra además una partida confidencial anual. En el presupuesto de la república para 2025 esta fue el Objeto de Gasto #449 por L 12,171 millones, un incremento del 35% respecto al año anterior. Es casi tan grande como todo el presupuesto militar y treinta y tres veces el presupuesto de la niñez. Se ejecutó completa. No se rindió cuentas a nadie.
Y cada año el Estado perdona cerca de L 77,000 millones en exoneraciones fiscales, el 8.4% de todo lo que produce el país, una de las tasas más altas de América Latina. Mientras tanto, el 66% de lo que sí se recauda viene de impuestos indirectos, sobre todo del impuesto sobre ventas que todos pagamos en pulperías y supermercados.
Todo esto no es por accidente. Es el producto de decisiones tomadas por quienes han tenido la oportunidad de gobernar. Pero es reversible. Mejores decisiones pueden resultar cuando las prioridades son genuinamente guiadas por la valentía, la creatividad y el amor al prójimo.
Nadie tiene que quitarle el sueldo a un soldado para pagar lo que a continuación se propone. El dinero ya existe: está en esa partida que nadie explica y en esos privilegios que nadie justifica.
capítulo Niñez
Le pedimos al país la priorización, un compromiso sin condiciones, sin plazos negociables y sin letra pequeña: ningún niño o niña dormirá ni trabajará pidiendo limosna. Huérfanos desamparados frente a un semáforo es inaceptable.
Primero en cada presupuesto nacional: hogares, cuidadores, escuelas y salud para los 20,000 niños de nuestras calles, y para auxiliar de manera efectiva a toda persona en riesgo social.
Hay otra infancia que casi nunca se nombra. En los basureros municipales viven familias enteras sobre la basura, y sus hijos no van a la escuela: separan desechos para poder comer. Cerraremos esos basureros, como se explica más adelante, y esas familias serán las primeras capacitadas y contratadas, con sueldo y con dignidad, en el sistema que los reemplace.
capítulo Paz
Proponemos que Honduras se declare una nación pacífica, y que lo demuestre con el acto más audaz de su historia: la conversión del ejército, de institución de las armas, en institución de servicio a la naturaleza y a la vida.
No proponemos abolir. Proponemos transformar. Pregunten a cualquiera qué le ha agradecido alguna vez a un soldado. No fueron sus armas. Fueron las lanchas en las inundaciones, los rescates, los albergues. Mitch, Eta e Iota lo dejaron claro. Que eso deje de ser la excepción y se convierta en la misión: brigadas de respuesta a desastres, cuerpos de ingeniería para la reconstrucción, guardianes de bosques y ríos. Para esto no necesitamos armas.
A los soldados de Honduras les decimos: nadie perderá su sustento. Conservarán su salario o uno mejor, sus rangos y sus honores. Lo único que cambia es la misión, y cambia por una que podrán contarles con orgullo a sus hijos: ya no custodiar armas, sino custodiar la vida.
El servicio militar se convertirá en servicio cívico, abierto a toda la juventud del país: en los ríos, en los bosques, en las escuelas, en los equipos de rescate. Honduras abolió el reclutamiento forzoso en 1994 y hace bien en no volver atrás. Este servicio no recluta: invita. Será voluntario y pagado, con beca, y llevará consigo preferencia después en el empleo público. No obligaremos a nadie. Haremos que valga tanto la pena que pocos quieran quedarse fuera.
¿Y quién nos defiende entonces? Lo mismo que defiende hoy a nuestros vecinos: los tratados, el derecho internacional y la cooperación regional. Costa Rica no tiene ejército desde 1948 y Panamá desde 1990, y a ninguno de los dos le ha ido peor por eso.
Que nadie llame a esto un lujo. Nuestros bosques, nuestros ríos, nuestros arrecifes y nuestra biodiversidad son el capital más valioso que Honduras posee, y el único que produce riqueza para siempre si se protege: agua, suelos fértiles, pesca, turismo, aire. Un país que gasta millones en custodiar armas mientras deja sin custodia sus bosques tiene el inventario al revés. Proteger esos activos es la base de una economía sostenible, con empleos que no se agotan.
Hay además una razón urgente. El clima ya cambió, y Honduras es, año tras año, uno de los países más golpeados del mundo por el clima extremo. La ciencia es clara: vienen huracanes más fuertes. Adaptarnos no es opcional. Por eso las brigadas de rescate y prevención no serán un adorno de esta transformación: serán su columna. Alerta temprana en cada valle, refugios listos, equipos entrenados antes de la tormenta y no después. Y al mitigar también podemos guiar: un país que casi no contamina puede ser de los primeros en alcanzar emisiones netas cero, fortaleciendo su economía en el camino.
capítulo Desarme
El ejército de Honduras guarda un arsenal que, con esta transformación, dejará de necesitar. Esas armas se irán desmantelando por etapas, sin prisa que ponga a nadie en riesgo y sin pausas que conviertan la promesa en otro anuncio.
Ninguna será revendida. Ninguna pasará a otras manos, ni dentro ni fuera del país: el arma que Honduras deja de usar no puede terminar matando en otra parte. Serán fundidas, y con ese metal construiremos puentes.
Los puentes estarán hechos con ese metal, levantados en parte por las manos de quienes entregaron las armas, y los ríos correrán debajo, limpios.
capítulo Policía
Honduras necesita una policía en la que pueda confiar. Eso exige pagar lo que la confianza cuesta.
Cada policía actual pasará por depuración y recertificación: verificación patrimonial, evaluación, reentrenamiento intensivo. Quien lo apruebe verá su salario al menos triplicado, de los actuales 15,000 lempiras mensuales a una remuneración que transforme la vida de su familia. Los nuevos ingresos enfrentarán requisitos más estrictos, empezando por el nivel educativo. Ser policía será una profesión de prestigio.
Esto no es un regalo: es lo justo. Le pedimos a un policía que se pare entre nosotros y el peligro, que trabaje de noche, que entre primero donde nadie quiere entrar, y que además no acepte ni un lempira de quien se lo ofrezca. No se puede exigir esa integridad con un sueldo que no alcanza para la quincena. A quien ponemos en la primera línea le debemos salario digno, seguro médico y una pensión para su familia si no vuelve a casa. Un país que paga bien a su policía compra dos cosas a la vez: valor y honradez.
Esa policía, cargada de formación y tecnología, avanzará además hacia patrullar sin armas letales. No es una idea sin ensayo: en el Reino Unido, en Noruega, en Irlanda y en Nueva Zelanda la policía ordinaria patrulla desarmada, y para los casos extremos existen unidades especializadas, pequeñas y estrictamente controladas. Ese es el modelo: el policía de la esquina sin pistola, y detrás una unidad entrenada para lo excepcional, que responde por cada disparo ante un juez. Desarmar al policía de la esquina no es dejarlo indefenso. La tecnología no letal ya detiene, derriba e inmoviliza a un agresor sin quitarle la vida; quien ataque quedará en el suelo, pero respirando, y después ante un juez. Se hará por etapas, con hitos medibles de reducción de violencia. Triplicar el salario policial cuesta unos L 7,100 millones al año: poco más de la mitad de lo que hoy se va, sin explicación, por la partida secreta. Sí nos ajusta.
capítulo Territorio
Los bosques. Cada área protegida tendrá guardianes permanentes, no solo papeles. Las brigadas del servicio cívico reforestarán las cuencas que nos dan agua, y la tala ilegal dejará de ser un negocio de bajo riesgo. Un bosque en pie da agua, lluvia, madera legal y trabajo todos los años; un bosque talado da dinero una sola vez.
Los ríos. Recuperaremos ríos limpios corriendo por nuestros centros urbanos, con esas mismas brigadas. El río insignia será el Choluteca: atravesando limpio Tegucigalpa y Comayagüela, volverá a ser un orgullo. Ciudades inmensamente más grandes que Tegucigalpa alrededor del mundo conservan así sus ríos. Nosotros no tenemos excusas válidas.
La basura. Recolección universal, separación en el origen y cierre de los botaderos a cielo abierto, con empleo formal para las familias que hoy sobreviven en ellos. La ley que ordena cerrarlos existe desde 2020: lo que nunca llegó fue el presupuesto ni la voluntad. Y una campaña nacional contra la basura en las calles, porque la bolsa que tapa el drenaje es la inundación del invierno siguiente, y esa cadena se enseñará en cada escuela. En el horizonte, una meta que parece imposible: una planta que convierta residuos en energía, como CopenHill en Copenhague. Lean sobre ello. Costó unos 670 millones de dólares, lo que aquí se gastó, sin explicar, en año y medio de partida secreta. La meta imposible cuesta lo que ya gastábamos sin saber en qué.
La energía. Honduras ya genera la mayoría de su electricidad de fuentes renovables. Proponemos extender esa fortaleza hasta el techo de cada familia: una industria nacional de techos accesibles que combinan paneles solares con cosecha de agua de lluvia. Un solo objeto contra cuatro pobrezas: la de energía, la de agua, la de vivienda y la de empleo; porque el diseño, el ensamblaje, la instalación y el mantenimiento serán oficios hondureños.
capítulo Escuela
Queremos que la escuela reemplace a la calle. Que el edificio esté abierto doce horas al día y sea el corazón de cada comunidad: aula, comedor, biblioteca, lugar de juego, lugar seguro. Ocho de esas horas serán de clase; las demás, de deporte, tareas, música y comunidad, con las puertas abiertas también para los vecinos.
La merienda escolar ya existe y llega a más de un millón de niños, pero cada año depende de convenios y de donantes. La volveremos obligación permanente del Estado y la convertiremos en un almuerzo caliente, todos los días.
Sobre la jornada extendida, el gobierno actual anunció que desde 2027 los alumnos estarán en clase de siete de la mañana a tres de la tarde. Lo aplaudimos. Son tres horas más de aprendizaje al día, tres horas menos de calle en el horario exacto en que las maras reclutan, y la puerta para que el almuerzo entre a la escuela. Es también de esas oportunidades que este país ha dejado morir muchas veces: en el papeleo, en el cambio de gobierno, en el presupuesto que no llegó. Esta vez no. Nos comprometemos a que se cumpla, se financie y se sostenga, gobierne quien gobierne.
capítulo Salud
La salud será un derecho de cada hondureño y cada hondureña, no un privilegio de quien puede pagarla. Hoy, cerca de nueve de cada diez personas en Honduras carecen de cobertura. Proponemos el acceso universal y sin restricciones al sistema de salud.
Y sabemos que una tarjeta no cura a nadie. Por eso lo primero será el primer nivel: centros de salud abiertos y abastecidos, con médico, enfermera y medicamentos, cerca de donde vive la gente, para que el hospital deje de ser la única puerta.
Para la niñez, el acceso será incondicional, siempre. El médico de un niño jamás dependerá del papeleo de un adulto. Para los adultos, la inscripción se hará a través del registro tributario: el número fiscal será la puerta por la que se entrará al sistema de salud, y no un muro que lo dejará afuera. A quien no tenga papeles se le ayudará a sacarlos, no se le cerrará la puerta. Un solo trámite hará a cada persona que actualmente se encuentra en el sistema económico informal visible para el sistema de salud y para el fiscal. El acceso traerá a la gente hacia el orden y la formalidad.
capítulo Impuestos
Esta carta llama a todos a subir a bordo, y subir a bordo significa contribuir.
Pero el Estado debe primero ganarse los impuestos antes de subirlos. Por eso proponemos una secuencia: durante los primeros dos años, ninguna reforma tributaria mayor. Dos años para que el país vea resultados: los niños fuera de las calles, la policía transformada, violencia en declive. Lo único que caerá desde el primer día serán los privilegios: el desmantelamiento del régimen de exoneraciones que regala L 77,000 millones al año. Antes de pedirle a alguien que pague más, dejaremos de permitir que unos pocos no paguen nada.
La reforma se redactará en público durante esos dos años, se debatirá a la vista de todos y entrará en vigor en el año tres: más sobre la renta alta y el patrimonio ocioso, menos sobre la canasta básica. Y como un solo período no alcanza para verla madurar, irá en ley, con metas y plazos escritos, para que el gobierno siguiente tenga que sostenerla o derogarla de frente.
capítulo Puerta
Sobre la violencia, esta carta distingue entre las maras y el narco.
A los miles de jóvenes atrapados en las maras les ofrecemos la Puerta Abierta. Quien la cruce dejará atrás la mara, confesará ante sus víctimas en un proceso de justicia restaurativa, y entrará al servicio cívico. El que aterrorizó un barrio pasará sus días levantando puentes, escuelas y bosques. Los crímenes graves no se amnistían. Se reducen con confesión y reparación, no se borran, y siempre lo decide un juez, con la víctima presente y escuchada. El compromiso con la niñez del capítulo III es la política antimaras más profunda de esta carta, porque las maras reclutan exactamente entre esos 20,000 niños que debemos rescatar.
Sabemos que muchos miran hoy a El Salvador y quieren lo mismo aquí. Es comprensible: la gente quiere caminar tranquila. Pero las cárceles llenas no tocan el puerto por donde entra la droga, ni el expediente que se pierde, ni la fortuna que nadie explica. Honduras no se enferma solo de delincuencia callejera y extorsión: se enferma de corrupción, y contra eso ninguna cárcel alcanza. Hay algo más, que no aparece en las estadísticas: un Estado que puede encerrar sin pruebas a un culpable puede encerrar también a un inocente, y algún día a quien piense distinto.
Al narcotráfico no le declaramos otra guerra. Mientras haya miles de millones de dólares esperando del otro lado, alguien los va a transportar, y esa demanda no está en nuestras manos. Lo que sí está en nuestras manos es suficiente: volver el negocio más lento, más caro y más riesgoso, hasta que operar desde Honduras deje de valer la pena.
Perseguiremos entonces el dinero ilícito invertido en terrenos, en ganado, en hoteles, en constructoras. Ahí se le corta la respiración. Y no hace falta inventar la herramienta: Honduras ya tiene una ley de privación de dominio sobre bienes de origen ilícito y una unidad de información financiera. Lo que falta es usarlas, con fiscales, con recursos y sin llamadas que detengan los expedientes. Modernizaremos aduanas y puertos. Pediremos a nuestros socios internacionales que compartan, antes que inteligencia militar, inteligencia financiera: la droga se esconde, el dinero deja rastro.
Cambiaremos también la forma de medir el éxito. En vez de anunciar kilos decomisados y capos caídos, le diremos al país cuánta riqueza ilícita se recuperó, cuánto bajó la extorsión y cuánta gente volvió a confiar en su policía.
capítulo Confianza
¿Y quién hará todo esto? Será quienes den el paso al frente. Pero a quien lo dé, el país debe exigirle garantías, porque en una tierra intoxicada de corrupción la confianza no se pide. Se gana.
Quien lidere será independiente de todo partido. Y presentará al país, antes de la elección, su gabinete completo. Se elegirá a un equipo, no a una persona. Cada potencial ministro firmará públicamente el capítulo de esta carta que le tocará ejecutar.
El líder limitará voluntariamente su patrimonio: divulgación total, fideicomiso ciego, salario limitado. Y servirá un solo período. Se irá a tiempo. Sin maniobras, sin jueces amigos, sin excepciones. Un líder limitado en riqueza y limitado en tiempo. La continuidad no será un hombre ni una mujer: será un programa como este, el equipo que lo firma y los gobiernos que tengan la decencia de continuarlo.
Los ministros, en cambio, ganarán salarios abiertamente competitivos, porque el país merece contratar a sus mejores y el poder mal pagado busca cobrarse por otras vías. El gobierno barato es lo más caro que Honduras ha comprado en su historia.
Los jueces no se negociarán. La Corte Suprema y el Ministerio Público se elegirán por concurso público, con audiencias transmitidas en vivo por televisión nacional y con la gente vigilando, no en reuniones nocturnas entre partidos.
Los libros estarán abiertos. Primer decreto: la eliminación de la partida confidencial de la Presidencia. El Ejecutivo no tendrá ni un lempira que el pueblo no pueda ver. Si alguna operación de seguridad exigiera reserva temporal, será mínima y auditada por un órgano independiente: reserva ante el público, nunca ante el control.
La campaña será limpia y sin precio. Quien abrace esta carta no comprará un voto, una camiseta ni un minuto de pantalla. Su única moneda será el tiempo voluntario de ciudadanos libres: de boca en boca, en los medios que quieran cubrirlo, en las redes sociales. Y al ganar, reestructurará el financiamiento de los partidos —transparente, limitado, penalmente vigilado— y renunciará a todo financiamiento público que pudiera corresponderle: cada lempira que llegara a sus manos irá, íntegro, al programa para sacar a la niñez de las calles.
capítulo Éxito
¿Y cómo sabremos si todo esto funciona? No lo mediremos en lo que producimos. Lo mediremos en cómo vivimos.
Existe un índice mundial que pregunta a la gente, país por país, cuán buena considera su propia vida: el Informe Mundial de la Felicidad. Honduras ocupa hoy el puesto 63 entre 147 naciones. Escondido en ese número hay un milagro: estamos por encima del promedio mundial. Después de todo lo que le hemos hecho a este país, la alegría hondureña aún sobrevive. Imaginen lo que haría si la gobernáramos a su favor.
Hay una medida más que ningún índice recoge y que todos entendemos: cuánta gente deja de irse. Cada capítulo de esta carta es, en el fondo, un argumento para quedarse. Nadie debería cruzar tres fronteras para darle de comer a sus hijos. A quienes ya se fueron esta carta los cuenta como hondureños de pleno derecho: hoy solo pueden votar por presidente, y pediremos que puedan votar también por su Congreso y su alcaldía, porque quien sostiene a este país con lo que envía cada mes merece decidir sobre él. Y a quienes vuelven deportados, muchas veces con lo puesto, el país les debe algo mejor que una foto en el aeropuerto: un lugar en el servicio cívico, un oficio, una puerta abierta.
Proponemos entonces el desafío final: que Honduras se convierta en el primer país que declara la felicidad de su gente como su medida oficial de progreso. Que cada año, el 15 de septiembre, el gobierno rinda cuentas no del producto interno bruto, sino de esto: cuántos niños siguen en las calles, cuán limpios corren los ríos, cuánto confía la gente en su policía y en sus jueces, cuántos se quedaron, y cuán feliz es el pueblo hondureño, con datos y no con discursos. El dinero es un medio. Siempre lo fue. La vida buena es el fin.
capítulo Renuncia
Esta carta exige mucho de quienes la abracen: patrimonio limitado, un solo período, campañas sin dinero, libros abiertos. No puede exigir nada que no practique primero. Por eso se despoja de todo.
No tiene autores. No tiene dueño. No tiene partido, ni sede, ni junta directiva, ni cuenta bancaria. No acepta donaciones. No postula candidatos. No cobra membresía. No registra siquiera las firmas: no hay oficina donde entregarlas, porque no hay oficina.
¿Quiénes somos entonces? No les diremos nuestros nombres, pero les debemos esto: somos esposo y esposa, con dos hijos pequeños, y los dos trabajamos por un salario. No tenemos casa propia; alquilamos techo. La página de periódico impresa nos costó más de L 23,000 y la página web otros L 8,500. Todo esto lo pagamos nosotros con dinero ahorrado que a nuestra familia no le sobra. Si no creyéramos que todo esto es posible, no habríamos gastado un lempira. No buscamos nada a cambio. Lo que esta idea haga de aquí en adelante, lo hará en manos de ustedes o no lo hará. La escribimos por amor: a nuestra familia, a este planeta y a la posibilidad de que un país pequeño y golpeado le enseñe al mundo cómo se ve la paz cuando se toma en serio. Porque esta idea no es solo para Honduras. Si Honduras la realiza, será un modelo para el mundo.
capítulo Firma
A quienes gobiernan hoy y a quienes aspiren a gobernar mañana: firmen esto, o expliquen al país, punto por punto y de frente, por qué no.
A quienes den el paso al frente les decimos: no esperen el permiso de ningún partido. La ley hondureña permite candidaturas independientes a la presidencia, al Congreso y a las alcaldías, con las firmas suficientes de su departamento. No será fácil: la ley exige decenas de miles de firmas y nadie lo ha logrado todavía. Por eso hace falta empezar temprano y en todas partes. Que en los dieciocho departamentos se levanten candidatas y candidatos independientes con esta carta en la mano para obtener un congreso renovado.
A cada hondureña y hondureño, aquí o en la diáspora, les pedimos algo sencillo: cuando alguien dé ese paso, respáldenles. Fírmenle cuando les pidan las firmas que la ley exige. Pasen esta carta a quien puedan. Y llegado el día, voten. Eso es todo. No hace falta más que el apoyo mutuo.
Quien quiera firmar, que lo haga en su mente, de corazón. Eso basta. El papel vale nada, lo que hagamos al respecto lo vale todo.
“Algunos dirán que somos solo unos soñadores. Pero no somos los únicos.”